EL TIEMPO QUE YA NO NOS TOMAMOS PARA COMPRENDER
Quizás uno de los grandes problemas de nuestro tiempo no sea la falta de información, sino algo mucho más profundo: hemos perdido el hábito de detenernos a comprenderla.
Tenemos información al alcance de la mano, pero nos falta tiempo para leerla.
Tenemos palabras para comunicarnos, pero muchas veces no tenemos paciencia para escucharlas.
Tenemos opiniones sobre casi todo, pero cada vez parece más difícil encontrar personas dispuestas a decir:
“No sé. Déjame entender primero.”
Vivimos acelerados.
Briosos.
Muchas veces angustiados.
Como si la vida fuera una carrera en la que detenerse significara quedarse atrás.
Y quizás sea justamente al revés.
Quizás detenerse sea, en determinadas circunstancias, la única manera de no perdernos.
Porque escuchar no es simplemente dejar que otro hable.
Escuchar es intentar comprender lo que el otro quiso decir.
Sin preparar inmediatamente una respuesta.
Sin buscar la grieta por donde entrar a discutir.
Sin esperar el momento exacto para devolver una frase más fuerte.
Hay una diferencia enorme entre escuchar y esperar nuestro turno para hablar.
Y tal vez allí encontremos una de las paradojas de nuestra época:
la gente no escucha para comprender; muchas veces escucha para contestar.
Entonces la conversación deja de ser un puente y se convierte en un ring.
Ya no importa descubrir algo nuevo.
Importa tener razón.
Ya no importa comprender al otro.
Importa vencerlo.
Y cuando una conversación se convierte en una batalla, incluso las buenas ideas pueden terminar convertidas en municiones.
Lo curioso es que muchas de esas batallas comienzan sin siquiera haber leído.
No comprendemos textos.
No nos informamos.
No buscamos antecedentes.
No conocemos el contexto.
Pero opinamos.
Y quizás ahí aparezca una de las preguntas más sencillas y, al mismo tiempo, más reveladoras:
¿De qué color es el caballo blanco de San Martín?
La respuesta está contenida en la propia pregunta.
Es blanco.
No hace falta una investigación.
No hace falta una teoría.
No hace falta discutir.
Solo hace falta leer y comprender lo que tenemos delante.
Sin embargo, vivimos tiempos en los que hasta lo evidente parece necesitar una interminable discusión.
Y así llegamos a una frase que quizás describa con demasiada precisión una parte de nuestra realidad:
“No sé de qué se trata, pero me opongo.”
Qué extraña manera de relacionarnos con el mundo.
Oponernos antes de conocer.
Juzgar antes de escuchar.
Condenar antes de preguntar.
Responder antes de comprender.
Como si reconocer nuestra ignorancia fuera una humillación.
Cuando, en realidad, quizás sea el primer acto verdadero de inteligencia.
Porque decir “no sé” no es una derrota.
Es una puerta.
Después del “no sé” puede venir el “quiero saber”.
Después del “no entiendo” puede aparecer el “explícame”.
Después del “me equivoqué” puede comenzar algo mucho más valioso que una discusión:
el aprendizaje.
Pero parece que hemos desarrollado una peligrosa costumbre de reaccionar antes de pensar.
Y cuando la reacción llega primero, muchas veces también llega la violencia.
Hay seres humanos que prefieren levantar la voz antes que pedir disculpas.
Prefieren atacar antes que reconocer un error.
Prefieren sostener una posición equivocada antes que admitir que quizás el otro tenía un argumento válido.
Como si pedir perdón fuera una debilidad.
Como si cambiar de opinión fuera una derrota.
Como si reconocer un error nos quitara valor.
Y quizás sea exactamente al contrario.
Hace falta mucho más coraje para decir “me equivoqué” que para gritar.
Hace falta mucha más inteligencia para preguntar que para afirmar.
Hace falta mucha más grandeza para escuchar una idea distinta sin sentir que nuestra propia existencia está siendo cuestionada.
Porque no todo desacuerdo es una agresión.
No toda diferencia necesita un vencedor.
No toda conversación necesita terminar con alguien derrotado.
A veces dos personas simplemente piensan diferente.
Y está bien.
Quizás la verdadera civilización no consista en conseguir que todos pensemos igual, sino en aprender a convivir con quienes piensan diferente sin necesidad de destruirlos con nuestras palabras.
Tal vez necesitamos recuperar algo que parece sencillo, pero que en estos tiempos adquiere un enorme valor:
la paciencia.
La paciencia de leer hasta el final.
La paciencia de escuchar una explicación completa.
La paciencia de preguntar.
La paciencia de aceptar que no sabemos.
La paciencia de dejar que una idea madure antes de convertirla en una opinión.
Porque una opinión construida sobre la ignorancia puede ser apenas un ruido.
Pero una opinión nacida de la lectura, del conocimiento y de la reflexión puede transformarse en pensamiento.
Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
El ruido necesita imponerse.
El pensamiento no.
El ruido grita.
El pensamiento argumenta.
El ruido busca ganar.
El pensamiento busca comprender.
Quizás por eso, en medio de tanta velocidad, necesitamos recuperar el valor de detenernos.
De leer una vez más.
De escuchar un poco más.
De respirar antes de responder.
De preguntarnos, antes de juzgar:
¿Realmente entendí lo que acabo de leer?
Y antes de discutir:
¿Realmente sé de qué estoy hablando?
Porque quizás el verdadero problema de nuestra época no sea que existan demasiadas opiniones.
Quizás el problema sea que existen demasiadas opiniones que nunca pasaron por el filtro de la reflexión.
Y tal vez, al final de todo, comprender sea un acto mucho más profundo de lo que creemos.
Comprender al otro.
Comprender una idea.
Comprender un texto.
Comprender una circunstancia.
Y también comprendernos a nosotros mismos.
Porque aquel que está permanentemente dispuesto a responder quizás nunca llegue a escuchar aquello que la vida intenta enseñarle.
Por eso, quizá valga la pena recuperar una antigua y silenciosa virtud:
detenerse.
Leer.
Escuchar.
Pensar.
Comprender.
Y recién después…
hablar.
Porque no siempre el que responde primero es el que entendió.
No siempre el que grita más fuerte es el que tiene mejores argumentos.
Y no siempre el que permanece en silencio carece de algo que decir.
A veces, simplemente, está pensando.
Y en una época donde todos parecen tener una respuesta inmediata para todo, quizás pensar antes de responder sea una de las formas más profundas de libertad.
SERGIO DALLEVA, Este humilde periodista del Sur de Santa Fe.